Ganas de mar, de sol, de lluvia, de cielo encapotado. Ganas de Santander, de frescor, de no hacer nada. De dejar de pensar tanto, si eso fuera posible, y volver a sentir ese frío particular del norte que te obliga a llevar una chaqueta incluso cuando el calendario dice que estamos en verano.
Me gusta volver porque me he ido. Si nunca me hubiera marchado, seguramente Santander no significaría lo mismo. Una necesita alejarse para reconocer los lugares que todavía le pertenecen. Volver es recuperar mi propio espacio, el de siempre, aunque yo ya no sea la de siempre.
También es regresar a la infancia.
No porque quiera volver a ella. No tengo ninguna intención de repetirla. Pero me encantaría escribirla de nuevo en mi memoria. Cambiar algunas escenas, inventarme otro personaje, dibujarme feliz, alegre, encajada en todas partes, querida. Muy querida.
Me gustan las infancias felices. Este verano voy a escribir la mía.
Las infancias nos marcan para siempre y no dependen de nosotros. Dependen de no sé qué, de no sé quién, de lo que sucede cuando todavía no sabemos ponerle nombre. Del vecino de enfrente, de la calle en la que te tocó nacer, de los silencios en casa, de los juegos permitidos y de los padres a los que, dicen algunos, elegiste antes de llegar al mundo para convertirte en quien eres. Yo no recuerdo haber elegido nada, la verdad. Pero quizá aquella niña sabía más de lo que parecía.
Soy la segunda de cinco hermanas. Y, como en casi todas las familias, cada una tenía su nombre secreto, su personaje y su lugar: la buena, la rebelde, la estudiosa, la divertida, la que necesitaba más atención. A mí me tocó ser la responsable. La que siempre aprobaba, la que hacía todo más o menos bien, la que cometía pocos errores. La que alguna vez daba rabia precisamente por eso.
He transgredido pocas reglas. Demasiado pocas, probablemente. Tan responsable. Tan estudiosa. Tan pendiente de cumplir que, quizá, resulté ser demasiado poco niña.
Por eso ahora me gusta saltar las olas.
Lo hago desde hace pocos años, a modo de rebeldía. Entro en el agua fría del Cantábrico y salto una, después otra, y luego otra más. Algunas me golpean, otras me levantan y alguna consigue tirarme. No pasa nada, me levanto riéndome.
Tal vez sea mi forma de recuperar a aquella niña que pensaba demasiado. De decirle que todavía estamos a tiempo. Que puede jugar, equivocarse, hacer ruido y dejarse arrastrar un poco por el agua.
No sé si podremos reescribir la infancia. Quizá no. Pero sí podemos volver a los lugares donde empezó todo y mirarnos con algo más de cariño.
Me voy a mi tierra.
Si alguien quiere buscarme, seguro que me encuentra bien temprano en la playa del Sardinero, la primera de la fila, esperando la siguiente ola.
Nos vemos en septiembre.
